Parece que digo siempre lo mismo pero es que es verdad, que no me he dado cuenta que ha pasado el mes de febrero, sigo con los mismos propósitos de primeros de año, sigo con las mismas cosas pendientes por hacer en casa, sigo con el desorden de papeles aunque mirándolos de reojo creo que es mas grande que hace un mes, definitivamente febrero ha pasado y comienza marzo.
Marzo es un mes diferente, es el mes que florecen los arboles, que vamos teniendo alguna fruta diferente en el mercado, mes de vacaciones, donde algún día ya podemos pasear sin congelarnos la cara por el campo, mes en el que algún día va apeteciendo sentarse en una terracita y no pedir un chocolate bien caliente sino una cerveza bien fría pensando en que aperitivo nos van a poner, y cuando vemos al camarero salir del bar hacia nosotros con ese botellín bien frío y un platito con algo que no llego a ver pero que cuando va llegando a mi mesa y según baja la bandeja veo que es una croqueta de esas que no son bonitas de las que ha dejado el cocinero marcado los dedos, en ese momento levanto la cabeza con una gran sonrisa y me sale un gracias desde dentro. Como la sonrisa que pusieron en casa cuando tras la lata de cerveza llego un platito de estas croquetas de capón.

Así, una detrás de otra, bien calentitas, para cogerlas con las manos y cuando te comes el ultimo trozo aunque te quemes la lengua te chupas los dedos que no hay servilleta que valga
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